Qué bonito es el amor propio
Y cuánto se lleva últimamente.
Mire donde mire y lea donde lea siempre veo algún mensaje que me anima a quererme cada día un poquito más, a aceptar mis defectos, a quererlos, y a vivir feliz con ellos.
Y cada vez con más frecuencia, me hacen valorar mi independencia. Que soy una mujer fuerte, que no necesito a nadie a mi lado, que siempre hay que ponerse a uno mismo por delante de los demás, y que a quien debo querer por encima de todo es a mí.
Y si ya cuesta aguantarse a uno mismo, imagínate a los demás.
Por eso mismo creo yo que es tan poco frecuente ver matrimonios duraderos hoy en día. Porque no nos soportamos. Porque con tanto amor propio estamos olvidando lo que es la empatía, el respeto, y la paciencia.
Que al fin y al cabo, no hay nada en este mundo que sea bueno en exceso. Así que imagino que tampoco lo será el quererse demasiado. Porque aquel que no quiera compartir su vida con nadie, que haga lo que quiera con la suya; pero el que pretenda pasar sus días junto a las personas que quiere, debe aprender a empatizar con ellas, respetarlas y tener paciencia. Y creo que esa es la lección que falta en toda esta campaña a favor de uno mismo. El evitar convertirse en unos egoístas.
Que siempre tiendo a ver la otra cara de la moneda y habrá quien piense que estoy en contra de toda esta iniciativa, cuando no es así en absoluto. Pero muchas veces las soluciones a los problemas sólo crean más problemas. Y aunque se esté consiguiendo que las personas cada vez se valoren más a ellas mismas, no me da la sensación de que consecuentemente sean más felices. Porque aunque no las oiga quejarse tanto de sus propios errores, las escucho llorar por los errores de los demás. Por los chicos que pasan de ellas (demasiado preocupados por cuidar su ego en vez de a la chica a la que están conociendo), por problemas familiares, por discusiones de pareja, por ser incapaces de admitir que no tenemos razón, por no aceptar que el otro haya podido tener un mal día, por la falta de paciencia cuando alguien no nos trata como creemos que nos merecemos… En definitiva, por creernos superiores que el resto.
Y así pasa, que estamos tan ocupados queriéndonos a nosotros mismos, que se nos olvida cómo querer a los demás.
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